Entre los transeúntes que se encaminan hacia direcciones distintas me hallaba. Me sentía tan ahogada por los gritos de quejas y reglamos de la multitud que no pude evitar angustiarme. Así que empecé a caminar tan rápido como pude. Ni siquiera sabía hacia donde me dirigía.
La sensación repentina de extraviada se apoderó de mí. Esa sensación frenética fue la que me impulsó a preguntarme qué hacía allí.
Sin ningún motivo aparente miré mis manos. Noté que había olvidado algo, algo de lo cual sostenía que se calzaba de forma perfecta con el dorso de mis manos. ¿Qué era lo que olvidaba? No lo sé. Mi corazón sólo sentía una gran nostalgia. Pude percibir como una parte de mí se desgarraba, se manifestaba en gruesas gotas de lágrimas que caían suavemente sobre mi rostro.
Si pudiera hablar mi corazón gritaría por su regreso. El sentimiento que hacía brotar mis lágrimas, ese sentimiento que venía de lo más profundo de mí, me decía que había olvidado un tesoro.
Por un momento intenté correr en su búsqueda, pero mis piernas, cuan estatuas, se quedaron inmóviles. Al levantar la mirada puede observar entre la multitud un par de ojos que se me hacían tan familiar. Era como si algo en mí lo reconociera. Era como si nunca hubiese mirado otros ojos parecidos a ellos, porque esos ojos le pertenecían a alguien tan perfecto que no es posible que existan dos iguales.
Fue entonces cuando nuestras miradas se encontraron. Al parecer mi corazón lo había reconocido porque sentí como saltaba y se aceleraba. Pero me dio tanto miedo que preferí huir. El por qué huí es algo nunca comprenderé. Sólo quería escapar de aquel lugar que me hacía sentir tan extraña.
Mientras me alejaba pude escuchar unos pasos que me seguían. Cuando me detuve, alguien detrás de mí me jaló del brazo. Mi corazón se detuvo por unos segundos y puede observar aquel rostro perfecto que tantas veces fue motivo de mi inspiración.
- - ¿Por qué me haces esto?
Fue lo único que le pregunté. Sentí como mi voz se quebraba al pronunciar esa palabras. indecisa por lo que iba hacer, lo miré cuan se mira a un dios, me balanceé sobre él, y quedando de puntillas, posé mis manos frágiles sobre su cuello. Sus manos en el borde de mi cintura me hizo sentir algo que nunca había sentido, me hizo sentir feliz.
Pero mi ambivalencia apareció:
Pero mi ambivalencia apareció:
Sabía que ese momento terminaría, que este amor efímero no dudaría para siempre. Eso me causaba tanto dolor, tanto que, deseaba que él no estuviera dentro de los vivos, que no existiera ese ser que irrumpió mi tranquilidad. Odiaba tanto su presencia perecedera que huía de su mirada, de sus manos, de todo él.
Pero lo amaba tanto que me dolería más que no estuviera. Su lejanía me rompería el corazón. Deseaba estar tan cerca de él, no sólo un instante sino siempre, toda la eternidad.
Entonces me di cuenta que buscaba la eternidad, y no su amor, simplemente porque yo era Amor: aquel ser que todo mundo desea tener.
Qué más trágica podía ser mi vida si yo impartía amor y no tenía el mío propio.
Entonces comprendí que yo, Amor, no podía permanecer alejado del mundo, de aquel mundo perecedero, debía entrar entre la multitud y experimentar aquello que le deseaba a los otros.
Así que pude recordar qué era lo que buscaba, me buscaba a mí. ¿Cómo el Amor podía estar solo? Tuve mi primer deseo y fue amar: amar la búsqueda de lo que yo pensaba era la perfección.
Cuando volví el rostro hacia él, y lo miré fijamente, me dije para mí: qué importa si no es para siempre, ya he comprendido el verdadero amor.
Me incliné sobre sus labios y lo besé.
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